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La paradoja del relativismo (Alejandro Gómez Yepes)

 

         Conocer qué es el relativismo no es en absoluto condición necesaria para ponerlo en práctica. Independientemente de si el lector sabe o no qué significa, no resultaría extraño que, al conocerlo ahora, lo identifique con la actitud que asume una enorme proporción de las personas que le rodean. Incluso,  tampoco lo sería, si a causa de este artículo él mismo lo reconociera de improviso como el término que define su pensamiento. Nunca es tarde para conocerse (y yo añadiría: siempre y cuando esto nos sirva para tomar las oportunas medidas).

         El relativismo se ha convertido en el símbolo por excelencia de la tolerancia, el respeto, el pluralismo, la libertad, el bienestar. Aparenta ser lo suficientemente tentador como para que en este hecho halle su explicación su masiva difusión (aunque, personalmente, me inclino a pensar que el verdadero motivo es la comodidad, y que a continuación se ha tratado de fundamentarlo en estos aspectos como autojustificación). Pero, ¿son esos calificativos realmente aplicables a este movimiento?

         Cierto es que dentro del relativismo podemos encontrar múltiples vertientes. Sin embargo, podemos resumir la base de todas ellas como la negación de la existencia de verdades absolutas. Es decir, el “nada es verdad ni es mentira” (“todo es según el color del cristal con que se mira”, continuaba el poeta Ramón De Campoamor), pues la verdad depende de la percepción subjetiva que de ella tenga cada individuo. Según esta concepción, cada uno puede actuar de acuerdo con sus apetencias, pues sus obras no serán mejores ni peores que las de los demás. Cada uno tiene “su propia verdad”, y ninguna es menos válida que el resto.

         Salta a la vista la facilidad con la que este modo de pensar se puede asociar (y de hecho, así ocurre) con la libertad y la felicidad: “lo importante es estar a gusto”, “qué más da cómo si con ello soy feliz”. No les falta razón a los que así afirman en cuanto a que la felicidad es a lo que debe encaminarse la voluntad de todo ser humano. El eslabón que se halla fuera de sitio en la cadena de este razonamiento relativista es el propio concepto de felicidad, pues esta no es un placer fugaz como el que proporciona la mera satisfacción de las pasiones, como un “estar riéndose”, sino que consiste en un estado interior y duradero de tranquilidad y certeza respecto a la vida en conjunto. Si esta cadena no se pone en su lugar, acabará por encadenarnos a nosotros mismos, subyugándonos a la esclavitud de nuestras apetencias con el sometimiento a su consecuente dependencia e infelicidad.

Una contradicción semejante se puede encontrar en el relativismo entendido como modelo de tolerancia. Resulta irónico observar como aquellos que hacen gala de ser tolerantes tachan de retrógrados e intolerantes a todos los que no asumen una postura progresista. Para ser tolerante es necesario ser ateo, abortar, usar anticonceptivos, desvalorizar a nuestros mayores, sustituir el tabaco por droga, etc.

         El relativista no tiene interés en escuchar las opiniones de los demás, mientras que el pluralismo verdadero aboga por contrastar las diferentes maneras de pensar (pues las hay mejores y peores) mediante el diálogo, para ayudarnos a reconocer aquella caracterizada por su superioridad (la que más se aproxime a la realidad).

Ante intentos de otras personas por hacerles ver su error, los partidarios del relativismo replican: “no me impongas tu verdad”, sin caer en la cuenta de que ellos mismos tratan de convencernos de que “nuestra verdad no es más válida que la suya”, y que por tanto el relativismo es objetivamente verdadero (cuando lo que este afirma es que nada puede llegar a serlo).

Su concepción de la realidad podría condensarse en lo siguiente: “la verdad es que no hay ninguna verdad”. Pero, si no existe certeza alguna, ¿cómo puede ser realidad el relativismo?. Nos encontramos así, con que la base sobre la que se cimienta no es más que una paradoja carente del más mínimo atisbo de coherencia. Aquellos que rechazan la veracidad de toda ideología se hallan defendiendo tenazmente que la única forma de pensamiento digna del calificativo de “cierta” es simplemente una ideología más: el relativismo. Con la curiosa particularidad, eso sí, de que esta no necesita de rivales que traten de rebatirla, pues ella se refuta a sí misma

 

Enlaces:

http://www.conoze.com/doc.php?doc=1552

http://www.contrapeso.info/articulos.php?id_sec=6&id_art=1621&id_ejemplar=47

http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Presocraticos/Relativismo.htm

http://www.foros.catholic.net/viewtopic.php?t=803&sid=4a869a52ec19189997fb48b334417366

http://www.foros.catholic.net/viewtopic.php?t=803&sid=4a869a52ec19189997fb48b334417366

http://boards1.melodysoft.com/app?ID=arje&msg=129

http://www.ideasrapidas.org/relativismo.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Relativismo

http://fluvium.org/textos/cultura/cul05.htm

http://www.uninet.edu/bioetica/1/peromarta.html

http://www.filosofia.org/filomat/df471.htm

http://www.aplicaciones.info/actua2/actua57e.htm

 

 

 

 

 

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