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El test de Turing y la habitación china (Francisco Javier González Varela)

 

Alan Mathison TuringAlan Mathison Turing murió el 7 de junio de 1954. Habían pasado sólo siete años desde la realización de los primeros cálculos en un ordenador moderno, el ENIAC. Faltaban  aún treinta para que los primeros terminators vieran la luz en la gran pantalla. Y, sin embargo, este matemático y criptógrafo inglés ya había conseguido generar una encendida polémica al plantear la posibilidad de que, algún día, las máquinas podrían llegar a emular el pensamiento humano.

Su artículo “Computing Machinery and Intelligence” (1950) comienza con la frase “Propongo considerar la siguiente cuestión: ¿Pueden pensar las máquinas?”. Hay que tener en cuenta que, cuando Turing escribe esto, los “cerebros artificiales” más sofisticados consisten todavía en unos enormes aparatos de toneladas de peso, repletos de válvulas de vacío, interruptores y resistencias, que se comunicaban con sus usuarios a través de tarjetas perforadas. Y, a pesar de las limitaciones técnicas de su época, Turing está pensando ya en una auténtica imitación del pensamiento humano. Confiando en un espectacular desarrollo de la técnica, augura que habrá ordenadores capaces de superar dicha prueba en torno al año 2000.

Terminator en plena faenaEl test que Turing propone para decidir si un ordenador piensa o no consiste en encerrar en dos habitaciones separadas y aisladas del exterior a una persona y a una máquina. Un examinador se comunica con ellos desde fuera a través de preguntas y respuestas mecanografiadas. Según Turing, el día que este examinador no sea capaz de distinguir durante el diálogo al hombre y a la máquina, podrá decirse que ésta ha conseguido, en efecto, pensar como un ser humano.

El avance de la informática en los últimos años ha sido ciertamente notable, pero hoy por hoy no existen aún ordenadores capaces de superar la prueba con éxito. Sin embargo, tampoco resulta posible afirmar que no puedan conseguirlo en un futuro más o menos cercano. De ser así, ¿tendría razón Turing? ¿Habríamos conseguido fabricar verdaderas máquinas pensantes?

El propio Turing rebatió varias objeciones a la validez del test planteadas por él mismo, como la supuesta falta de creatividad de las máquinas o la separación entre conversación y conciencia. Sin embargo, el argumento más gráfico en contra de la validez de la prueba fue expresado por John Searle (profesor de Filosofía en Berkeley) en 1980 y se conoce habitualmente con el nombre de “La habitación china”.

John SearleSearle propone repetir el test de Turing, encerrando ahora en las habitaciones a una persona china y a un computador capaz de comunicarse en caracteres chinos. Supongamos que el ordenador supera el test del interrogador: según Turing hemos construido una máquina pensante. Sin embargo, si echamos una ojeada el funcionamiento interno del ordenador, veremos que éste recibe unos datos de entrada (las preguntas del test), consulta unas instrucciones internas y las ejecuta para elaborar unos datos de salida (las respuestas). Searle afirma que podría repetirse el experimento sentándole a él dentro de la habitación junto con unas instrucciones sobre cómo combinar los caracteres chinos de la respuesta en función de los que ha recibido en la pregunta. Searle no sabe chino, pero de esta manera es capaz de contestar correctamente a todas las preguntas, al igual que lo hacía antes el ordenador.

La conclusión a la que llega Searle es la siguiente: si yo no comprendo ni una palabra de chino a pesar de superar correctamente el test, ¿por qué he de suponer que un ordenador sí lo hará? Es decir, el ordenador no es más que un “manipulador descerebrado de símbolos”; el pensamiento humano es más complejo que responder a unos datos de entrada siguiendo reglas lógicas. Los conceptos semánticos (el significado de las palabras, el contenido de la conversación) quedan fuera del alcance del computador.

Detrás de la prueba, aparentemente inocente, propuesta por Turing, se esconde una concepción positivista y materialista del pensamiento humano, que queda limitado a una mera respuesta a estímulos externos según leyes predeterminadas. Se trata de un planteamiento que no deja lugar a la libertad, a la creatividad, a la voluntad del ser humano. En definitiva, más que conseguir demostrar que una máquina es capaz de pensar como un ser humano, trata de reducir el ser humano a la condición de una simple máquina.  

 

Enlaces:

John Searle (1980) "Minds, Brains and Programs" -- original draft from Behavioral and Brain Sciences

 

 

 

 

 

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