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Con la
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Universalidad VS especialización (F.G.V., S.G.M., A.G.V., J.L.V.)
- Francisco J.
González Varela.
- Alain Gil Del Val.
- Sergio
Granados Mateo.
- José Luis Lebrero Villar.
Coordina: D. Carlos Bastero de Eleizalde.
1.
Dos modelos de ideal universitario
La Universidad nace en la Edad Media cimentada sobre
el ansia de llegar a la verdad. Han pasado casi ocho siglos desde entonces y la
Universidad pervive y goza de buena salud, aunque el concepto que tenemos de
ella ha ido cambiando a lo largo de todo este tiempo.
Podemos ilustrar esta idea refiriéndonos al modelo
de sabio o conocedor de la verdad de las distintas épocas históricas. En el Medievo y en el Renacimiento, sabio era aquel que poseía
una visión global del saber humano y podía articular las diferentes ramas de
las ciencias. Dentro de este ideal podemos
encuadrar a personajes como Leonardo da Vinci,
Alberto Magno o Descartes. Sus conocimientos en Matemáticas, Mecánica o
Biología se desarrollaban a la par de sus razonamientos filosóficos y su
comprensión del ser humano. En el umbral del siglo XXI, en cambio, una persona
con semejante perfil sería candidata a engrosar la cola del paro. La enorme
amplitud y diversidad de las disciplinas del saber hacen imposible que una sola
persona sea capaz de abarcarlas en su totalidad con eficacia. En un ambiente turbulento
y competitivo como el actual, el individuo debe especializarse si quiere
progresar o simplemente profundizar en cualquier ciencia.
Llegados a este punto, surge de modo espontáneo una
cuestión: ¿Es la especialización el camino que debe recorrer la Universidad en
el siglo que entra?
2.
Origen y consecuencias de la
especialización.
Hoy en día podemos afirmar que sin especialización
no hay progreso. De hecho, sin
especialización se complica incluso la propia supervivencia. Cualquier
estudiante de Empresariales sabe que una compañía que no obtiene beneficios
está condenada a la quiebra; que para obtener esos beneficios es necesario
trabajar en competencia y que para ser mejores que el rival, hay que ser
líderes en el sector. En otras palabras, la sociedad de nuestros días no se
concibe sin la división eficiente del trabajo.
De esta concepción social tampoco se libra la
Universidad. En un contexto laboral en el que aumenta la demanda de técnicos,
crece también la visión del mundo universitario como un entorno de formación
de técnicos, en el que se proporcionan al estudiante los conocimientos y
habilidades precisos, propios de una determinada profesión. Esta situación es
cada vez más frecuente en carreras de tipo científico-tecnológico, pero también
puede darse en el ámbito de las Humanidades. En consonancia con ella, un
ingeniero puede haber empleado cinco años de su vida en los estudios
universitarios y desconocer quién es Calderón de la Barca, por ejemplo. Algo
similar puede sucederle al abogado que, al terminar su carrera, ignora por
completo qué función cumple el hígado. Quizá, a la vista de estos ejemplos tan
inocentes, el problema parezca tener reducidas dimensiones. Sin embargo, ¿qué
sucederá cuando una comisión de especialistas tenga que decidir sobre
temas tan espinosos como clonación, ética laboral, empleo de los recursos
escasos y otros similares? Dichos temas no pueden ser abordados desde una
perspectiva técnica, parcial, pues en ellos se ponen en juego tanto aspectos
técnicos como éticos y personales, no pocas veces contrapuestos. Además, el
modelo formativo propuesto impone limitaciones patentes a la plenitud
intelectual del universitario, reduciendo su conocimiento del mundo del que
forma parte y restringiendo la amplitud de sus puntos de vista sobre el mismo.
Aquí se aprecia con nitidez el papel jugado por la
formación universitaria; en este sentido, la Universidad sigue persiguiendo los
mismos objetivos que acometía en sus inicios: investigación, integración de los
nuevos saberes adquiridos, desarrollo de la
personalidad del alumno y actividad docente. Limitar sus funciones a esta última es caer en un peligroso reduccionismo, que amenaza con hacer del estudiante un
erudito insensible a lo que escapa a su conocimiento inmediato, y que utiliza éste para conseguir sus propios fines personales.
3.
Conclusiones.
En nuestra opinión, es imposible y anacrónico que la
especialización no alcance a la Universidad. Lo que sí es evitable es la fragmentación
del saber resultado de ella y que no tiene por qué ser una consecuencia
necesaria: adquirir un conocimiento profundo en un ámbito laboral o de
investigación no implica renunciar a una visión de conjunto del horizonte
intelectual humano.
Para que la Universidad pueda cumplir hoy en día los
fines que le son propios, debe conjugar correctamente las exigencias de la
sociedad actual y la fidelidad a sus principios. Se puede enfocar la situación
actual generalizando los contenidos de las materias de estudio, o bien
introduciendo en los planes de estudio asignaturas relacionadas con temas
diferentes a los de la propia carrera. Pero es importante señalar aquí que la
Universidad no es un ente abstracto: el camino que recorre es el que marcan los
profesores y alumnos que la componen, que son quienes realmente le confieren su
carácter y orientación. En concreto, desde nuestro punto de vista, la bisagra
que articula universalidad y especialización se llama espíritu universitario (Cfr. Francisco Ponz, “Reflexiones
sobre el quehacer universitario”, pág 181 y ss.) y es responsabilidad tanto del profesorado como de los
estudiantes. Girando siempre alrededor del eje central para la actividad
universitaria, la búsqueda de la verdad, es preciso desarrollar una actitud
crítica, rigurosa y humilde, abierta al saber en su totalidad.
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